
La banda sonora de mi vida se compone básicamente de U2. Este sentimiento tan lacónico que sale desde lo más profundo de mi corazón, no queda exento de otros gustos musicales, grupos o estilos, pero cuando se acerca el día del lanzamiento del nuevo trabajo de la banda irlandesa con nombre de avión espía, su esencia lo eclipsa absolutamente todo. No puedo hacer otra cosa que rememorar pasajes de mi historia vinculada a temas de U2, y esperar con ansia que su nueva sonoridad inunde mis sentimientos.
Desde hace meses, los que seguimos al grupo de cerca, acompañamos con resignación las ínfimas noticias del nuevo álbum, que surgen con cuentagotas, hasta llevarlas al buen recaudo de nuestro entusiasmo congénito. Hoy la resignación se vuelve liberación, la represión se torna exhalación y la espera evoluciona en forma de alegría contagiosa. Quiero escuchar lo nuevo de U2 en la penumbra del crepúsculo y en soledad. Deseo descifrar cada uno de los temas con soberano sosiego. Anhelo acariciar los tonos más bajos de la canción, encubiertos por frescos acordes nunca perpetrados anteriormente. Ardo en deseos de electrocutarme con estrepitosos gemidos guitarreros. Rompo con lo vetusto para entonar estribillos nuevos. Exijo comprobar por fin, como la falta de esencia udoniana es cubierta con creces esta vez.
Todavía queda más de un mes para que esos sentimientos puedan emerger en todo su esplendor, pero hoy ya podemos disfrutar de una borrosa línea en el horizonte que nos advierte de un destino cercano, esa línea se llama Get on your boots, el primer single del nuevo álbum de U2, No line on the Horizon.