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Mi cabeza no dejaba de asentir. Mi sonrisa no paraba de fluir. Las manos en los bolsillos a punto de actuar y las piernas cruzadas sustentando la fatiga. Por un Dólar australiano, Elliot nos guió por su territorio particular, real e imaginario. El desparpajo que la necesidad le dio, nos convirtió de repente a los demás, en marionetas medradas de ignorancia. En su cabecita, cuán joven Huckleberry Finn aussie, las aventuras vividas se mezclaban con el ingenio sagaz , la historia bien instruida y las ganas de agradar. Mi atención se la llevaba de calle su actitud, sus chascarrillos y su gracia. Vistió sus pies descalzos con unas desusadas chancletas, nos guiñó con desparpajo y nos señaló el camino a seguir. La vetusta motocicleta de un vecino, la caravana donde vivía, el cerdito Johnny, su mascota, una prisión de principios del siglo pasado, un antiguo gimnasio, flora endémica, el aeropuerto dónde aterrizó después de una travesía épica desde Inglaterra Amy Johnson en 1930,… ,cualquier cosa que nos hubiera mostrado ó contado hubiera valido la pena. Sensación de haber exprimido al máximo el tiempo precioso. Dando un giro repentino a su actuación, parecía un remolino de vida, nos condujo hasta la carretera principal. Tras esfumarse la estela de polvo que había dejado en el camino un camión desmesurado, pudimos entrever un original y extravagante lugar. Tienda, gasolinera, museo, amparo … y un helicóptero en la techumbre ornamentada de una forma muy peculiar. Su padre se encontraba allí, como no podía ser de otra manera, tallando originales maderas, inventando chiflados recuerdos, sombreros estrafalarios y construyendo extrañas guitarras . Por fin saqué mis manos de los bolsillos y actuaron en consecuencia. Un billete de cinco pavos hizo sonreír al joven Elliot, su cómico mohín me hizo sonreír a mí. Se alejó corriendo, saltando, cantando. Quizás fuera en busca de un amigo para especular sobre la vida en la casa construida en la copa del árbol más hermoso de la zona, dónde las vistas son espectaculares y dónde los sueños se transforman en realidades, dónde el verde parné abre las puertas de la imaginación.
Blue Ridge Mountains
















Me di media vuelta y allí estaba, justo a mi lado. El famoso Daly Waters Pub. Tenía un miedo ridículo a entrar, a no encontrar lo que esperaba ó lo que había imaginado. Tampoco es que lo leído sobre dicha taberna fuera para tirar cohetes, por lo tanto mucho no podía perder. Me centraré en la historia, pensé, en lo vivido desde 1930 y no en la apariencia ó pinta del lugar. Quiero palpar la originalidad, lo auténtico, lo cutre, … ¡quiero beberme un cerveza fría!, simplemente. Mensajes genuinos en la entrada y curiosos personajes en los aledaños. Un bofetón de "lo que tenía que ser" me tocó la cara. Lo que se inició como algo curioso, continuó como obligatorio ó necesario, de ahí la fama de dicho Pub. Recuerdos, pedazos de existencia decoraban el oscuro interior del antro en forma de singulares elementos. Ropa interior femenina, monedas de todas las partes del mundo, banderas, camisetas, aperos, y una preciosa camarera que me ofreció lo que más deseaba en aquellos momentos, una cerveza helada. En el patio interior, más de lo mismo, historia. Sombreros, zapatillas, matrículas, mensajes y mucha telaraña. Un pequeño y estrambótico escenario, y una trabajada parrilla, dónde una buena amiga nos obsequió con unas inmensas hamburguesas con bacon. Volví a entrar en el Pub para husmear e investigar, salí a la carretera para volver a empezar. Un giro lento de 360º me dio una amplia perspectiva sobre aquel lugar. Y me despedí de Elliot, mientras me alejaba de Daly Waters.















