Desde lo más profundo de la China monstruosa a lo más alto del Tibet celestial. De Chengdu a Lhasa en un viaje eterno, casi místico, disfrutando de paisajes únicos y conmovedores, padeciendo situaciones extrañas y exhaustas.
En la era de lo moderno, como tantas otras, en la época de lo digital, de lo pequeño, de lo conceptual, de lo funcional, de lo dinámico, de lo global, … de lo anormal. En un medio de locomoción arcaico y obsoleto, un gigantesco tren que no alcanzaba mi vista a ver el principio o el final, se iban a localizar las próximas 48 horas de mi vida. Lentamente y con un cimbreo perpetuo.
Dos noches y casi dos días asiáticos de aventuras estáticas, en lo físico, pero de experiencias esenciales e inolvidables en lo espiritual.
Me faltó el sombrero de ala ancha, porque la barba de cuatro días, la ropa rasgada, el cansancio acumulado y el equipaje al filo de lo mugriento no me los quitaba de encima.
Un viaje de altos y bajos, de pensar bastante y actuar lo justo, de asumir y de soñar. Cuando el oxígeno empezaba a escasear y las ideas se erigían impertinentes, sólo había que sentarse frente a una ventana y contemplar. Del verde montañoso, al ocre más sediento. De la curva más desorbitada a la recta más exorbitante. Del desierto más profundo a la cumbre de vida más divina. Las nubes más bonitas que haya visto jamás, el cielo más azul que me ha obnubilado nunca.
De la condición humana más lamentable, la china, a la humanidad más bondadosa, la tibetana.





































