Ya tengo ganas de volver. De volver a sumergirme en una nueva aventura, de impregnarme de esencias viajeras, de fatigarme en lugares remotos y descansar en sitios estrambóticos. De soñar que lo vivido parezca irreal y de vivir como en un sueño auténtico y genuino. Ya lo necesito. Volveré a sumergirme en aguas puras y cristalinas, a respirar aire limpio, a sobrevolar nubes de algodón, a intentar llegar a la cumbre, a caminar por sendas inhóspitas y a conducir por pistas peligrosas. Ya hecho de menos involucrarme en alguna hazaña, a cometer errores, a cambiar sobre la marcha, a sufrir, a aprender y a salir victorioso. A sentarme a conversar pausadamente sobre el estrés, a entender otras culturas, a mirar a los ojos, a cerrarlos para sentir más intensamente, a estrechar una mano sin pretensiones y a recibir sin demandarlo. Volveré a viajar, sin duda. A estremecerme, a emocionarme, a intentar captar una imagen preciosa, un momento inolvidable, a comprender la esencia del lugar.
Pero ahora no, todavía no. Tengo un plan demasiado importante que llevar a cabo. Exprimir cada día como si fuera el último, esperar el día de mañana con máxima expectación, recordar el día de ayer con una monería ingenua, una mueca aparatosa y una sonrisa en los labios. Ahora tengo mucho que enseñar, pero mucho más que aprender. Voy a emprender un viaje inolvidable, único. No tendré tiempo para nada más. Todo mi cariño, amor, esfuerzo y responsabilidad tiene dueña. Lo mejor que he hecho en la vida, lo más hermoso que la vida me ha dado, mi hija. La auténtica razón de ser, el motor que me impulsa a seguir soñando, esencia pura.




