Podemos volver a casa en verano. Para querernos, para rememorarlo. No habrá otro verano igual. Volveremos para recordarlo, para no olvidarlo.
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Si no viajas por miedo a las consecuencias, no estarás viviendo la vida, simplemente estarás vivo en el mundo.
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Espero que el tiempo no me haya alterado el recuerdo. Que lo que escriba a continuación, tenga más de real que de ficción y que el sosiego que disfruto hoy no evoque erróneamente el cansancio que vestía en esas jornadas.
Las circunstancias del viaje me obligaron a tomar una determinación imprevista. Por más que me hubieran preguntado antes de la fecha, mi respuesta hubiera sido siempre negativa. Contraria a contribuir a un espectáculo algo tenebroso, dudoso, “turístico”, manipulador o incrédulo. Me gusta y me interesa saber acerca de las intenciones reales y propósitos de los llamados espectáculos naturalistas o “experimentos de reintroducción al hábitat natural”, pero he de reconocer que no me informé lo suficiente, o ni me lo planteé, mejor dicho, pues no tenía intención de comprobarlo de primera mano. Abdiqué a vivir la experiencia, gracias al consejo de un amigo que lo había hecho meses antes, a las duras jornadas precedentes y a la aceptación unánime del grupo.
Después de los primeros instantes de interés, expectativa y admiración, entré en un letargo de insensibilidad y apatía. Un pequeño destello de esperanza me iluminó cuando uno de los leones atisbó una presa en la lejanía, los cuidadores nos pidieron silencio, yo me autoerigí expectante y el instinto imborrable del felino hizo el resto. Utilizó una estrategia sólo absorbida por los genes para acechar a un par de facóceros que deambulaban en la distancia. Sin duda, lo mejor de la experiencia. Cambio el tacto de su bello en mis manos, el intercambio de miradas felinas, la adrenalina al comprobar la envergadura de sus fuertes mandíbulas con un simple bostezo, la deferencia por compartir su territorio y la inolvidable experiencia de pasear junto a ellos, por que mis temores no se cumplan. Por que mi pesimismo se convierta en su esperanza y haga borrar de mi memoria ese inolvidable recuerdo, si hiciera falta.
Espero que no tuviera razón. Ella. Creo que era americana. Lo deseo. Esa persona a medio camino entre la extravagancia y el desencanto. Espero que no fuera una patraña, una burda mentira, una falacia. No he intentado cerciorarme a posteriori sobre su presunto embuste, mejor así.
Que no fuera algo parecido a una escena un tanto aparatosa, circense o teatrera. Que la increíble experiencia vivida entre leones, se canalizara a través de la auténtica labor naturalista que supuestamente divulgaban. Espero que a día de hoy, o en breve, esos prototipos de majestuosos leones vivan libres en la sabana buscando el reinado africano. No me gustaría saber que he sido participe de un juego estéril y vacío de contenido zoológico. Colaborador del descalabro humano. Que la reintroducción a la vida salvaje no sea una utopía y que el espíritu de George Adamson pueda cohabitar todavía hoy día en los corazones de algunos hombres que se esfuerzan por alejarse del negocio sin escrúpulos.


La brújula rigurosa dio paso a señales confusas. El miedo a la aventura se transformó en claro aburrimiento, pero me gustaba. De lo justo a lo abundante, del ocre a lo pastel, de lo real a lo fantástico, de la duna al hormigón, de las sombras al destello, del sueño a la pesadilla, …. de lo más codiciado, el agua fría, al lujo más necesario, un café caliente.
Una riada de gente me llevó en volandas al centro más céntrico que haya visto jamás. El gentío y el ruido ensordecedor me hacían perder el norte de vista, echaba de menos mi brújula natural, mi norte. El neón me cegaba a la par que me descolocaba. Un desproporcionado empujón dio conmigo en el suelo descolorido, intenté levantarme pero me zarandearon de nuevo hasta volver a caer. Me hundía cada vez más, me ahogaba, cada vez más.
De repente, un rayo de luz me indicó la salida mientras se filtraba a través del agua turbia. Agua oscura pero pura, templada y con una fuerza inusitada. Tuve fuerzas y tiempo suficiente para encontrar un escape oxigenado que me diera el aliento justo para seguir soñando. Tras el ascenso me agarré a un salvavidas desconocido y el jadeo me desplomó.
Verde y aire, azul y cielo. Como un beso de buenas noches, el despertar más lento de mi vida, quizás el menos traumático hasta la fecha. El hipnótico sonido de la selva era la banda sonora, .... de mi hogar.
Me desperté finalmente, de nuevo, y con las manos dormidas por la postura y el peso de la cabeza, me froté los ojos para poder contemplar con más nitidez el eje de la tierra. Una jungla maravillosa, esta vez construida de verde natural, no de gris artificial. Con sus catedrales y baluartes, llena de vida y sorteando la muerte.
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Contrastes, verde y gris, tizne y vapor, silencio y fragor, ausencia y misión. Noche y día. Lloro y alegría, soledad y multitud, cansancio y vigor, frío y ardor. Ayer y mañana, …. noche y día.
Noche y día, y vuelta a empezar, noche y día, y vuelta a empezar.
