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domingo, 2 de septiembre de 2012

For the summer



Podemos volver a casa en verano. Para querernos, para rememorarlo. No habrá otro verano igual. Volveremos para recordarlo, para no olvidarlo.
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Ray LaMontagne & The Pariah Dogs - For The Summer

  


viernes, 27 de julio de 2012

The Skyliner

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Se despertó a las dos de la madrugada y se incorporó. No estaba ella. Se frotó la cara y se levantó dirigiendo sus pasos al mueble bar dónde le esperaba una pequeña nevera bien surtida de bebidas alcohólicas. Decidió coger una cerveza. Miró hacia la cama, una King Size, y no estaba su silueta. Encendió la radio y presionó el botón del dial hasta encontrar la canción adecuada. Abrió la puerta corredera de la terraza y la fragancia marinera entró en la habitación. Se sentó y contemplando el Skyline la buscó, pero no la encontró. Qué hermosa está la ciudad iluminada, le gustaría. El humo del cigarrillo le nublaba la vista, como sus pensamientos, que nacian con fuerza para luego desaparecer en la oscuridad. Al fin y al cabo, estoy dónde quería estar... ¿pero dónde está ella?. Consiguió más de lo que pretendía, encontró más de lo buscaba, pero muy lejos, en la otra punta del mundo... . Escuchó una voz de mujer entre la escasa contaminación acústica a esas horas, pero no era ella. Advirtió una prenda femenina colgada en la silla de la terraza, la cogió, pero no era de ella. Sus pensamientos dejaron de cavilar y se dejó llevar por la música que le envolvía. Cuando el cielo empezó a clarear tras el skyline, decidió que no valía la pena seguir, y se levantó. Fue hacia el baño y le costó reconocerse en el espejo, se echó agua en la cara y se encaminó al dormitorio. Se metió en la cama y la abrazó fuertemente... para no soltarla jamás.

Jason Mraz - The World As I See It




Circular Quay, Sydney

jueves, 16 de junio de 2011

Caminando con leones


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Zambia


Espero que el tiempo no me haya alterado el recuerdo. Que lo que escriba a continuación, tenga más de real que de ficción y que el sosiego que disfruto hoy no evoque erróneamente el cansancio que vestía en esas jornadas.

Las circunstancias del viaje me obligaron a tomar una determinación imprevista. Por más que me hubieran preguntado antes de la fecha, mi respuesta hubiera sido siempre negativa. Contraria a contribuir a un espectáculo algo tenebroso, dudoso, “turístico”, manipulador o incrédulo. Me gusta y me interesa saber acerca de las intenciones reales y propósitos de los llamados espectáculos naturalistas o “experimentos de reintroducción al hábitat natural”, pero he de reconocer que no me informé lo suficiente, o ni me lo planteé, mejor dicho, pues no tenía intención de comprobarlo de primera mano. Abdiqué a vivir la experiencia, gracias al consejo de un amigo que lo había hecho meses antes, a las duras jornadas precedentes y a la aceptación unánime del grupo.
Después de los primeros instantes de interés, expectativa y admiración, entré en un letargo de insensibilidad y apatía. Un pequeño destello de esperanza me iluminó cuando uno de los leones atisbó una presa en la lejanía, los cuidadores nos pidieron silencio, yo me autoerigí expectante y el instinto imborrable del felino hizo el resto. Utilizó una estrategia sólo absorbida por los genes para acechar a un par de facóceros que deambulaban en la distancia. Sin duda, lo mejor de la experiencia. Cambio el tacto de su bello en mis manos, el intercambio de miradas felinas, la adrenalina al comprobar la envergadura de sus fuertes mandíbulas con un simple bostezo, la deferencia por compartir su territorio y la inolvidable experiencia de pasear junto a ellos, por que mis temores no se cumplan. Por que mi pesimismo se convierta en su esperanza y haga borrar de mi memoria ese inolvidable recuerdo, si hiciera falta.

Espero que no tuviera razón. Ella. Creo que era americana. Lo deseo. Esa persona a medio camino entre la extravagancia y el desencanto. Espero que no fuera una patraña, una burda mentira, una falacia. No he intentado cerciorarme a posteriori sobre su presunto embuste, mejor así.

Que no fuera algo parecido a una escena un tanto aparatosa, circense o teatrera. Que la increíble experiencia vivida entre leones, se canalizara a través de la auténtica labor naturalista que supuestamente divulgaban. Espero que a día de hoy, o en breve, esos prototipos de majestuosos leones vivan libres en la sabana buscando el reinado africano. No me gustaría saber que he sido participe de un juego estéril y vacío de contenido zoológico. Colaborador del descalabro humano. Que la reintroducción a la vida salvaje no sea una utopía y que el espíritu de George Adamson pueda cohabitar todavía hoy día en los corazones de algunos hombres que se esfuerzan por alejarse del negocio sin escrúpulos.


jueves, 19 de mayo de 2011

Contrastes

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Y allí me encontré, cansado y sediento, perplejo pero diáfano, con la mente nítida. Me tumbé sobre la tierra árida, yerma, exánime, desquebrajada por la sequía estacional. Acomodé la cabeza sobre mis propias manos, las manos en la arena ardiente, y dejé que las sombras de aquellos árboles moribundos se perdieran en un pestañeo profundo. El sol intentaba penetrar a través de mis párpados, el calor consiguió adentrarse en lo angosto de mi avidez. De repente, un frío helador me sobrecogió súbitamente, ¿dónde estoy?, ¿qué dirección debo tomar?




La brújula rigurosa dio paso a señales confusas. El miedo a la aventura se transformó en claro aburrimiento, pero me gustaba. De lo justo a lo abundante, del ocre a lo pastel, de lo real a lo fantástico, de la duna al hormigón, de las sombras al destello, del sueño a la pesadilla, …. de lo más codiciado, el agua fría, al lujo más necesario, un café caliente.
Una riada de gente me llevó en volandas al centro más céntrico que haya visto jamás. El gentío y el ruido ensordecedor me hacían perder el norte de vista, echaba de menos mi brújula natural, mi norte. El neón me cegaba a la par que me descolocaba. Un desproporcionado empujón dio conmigo en el suelo descolorido, intenté levantarme pero me zarandearon de nuevo hasta volver a caer. Me hundía cada vez más, me ahogaba, cada vez más.



De repente, un rayo de luz me indicó la salida mientras se filtraba a través del agua turbia. Agua oscura pero pura, templada y con una fuerza inusitada. Tuve fuerzas y tiempo suficiente para encontrar un escape oxigenado que me diera el aliento justo para seguir soñando. Tras el ascenso me agarré a un salvavidas desconocido y el jadeo me desplomó.



Verde y aire, azul y cielo. Como un beso de buenas noches, el despertar más lento de mi vida, quizás el menos traumático hasta la fecha. El hipnótico sonido de la selva era la banda sonora, .... de mi hogar.
Me desperté finalmente, de nuevo, y con las manos dormidas por la postura y el peso de la cabeza, me froté los ojos para poder contemplar con más nitidez el eje de la tierra. Una jungla maravillosa, esta vez construida de verde natural, no de gris artificial. Con sus catedrales y baluartes, llena de vida y sorteando la muerte.
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Contrastes, verde y gris, tizne y vapor, silencio y fragor, ausencia y misión. Noche y día. Lloro y alegría, soledad y multitud, cansancio y vigor, frío y ardor. Ayer y mañana, …. noche y día.




Noche y día, y vuelta a empezar, noche y día, y vuelta a empezar.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Volviendo ...

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No hay aterrizaje sin despegue, no hay fondeo sin deriva, no hay gerundio sin presente. No hay aventura sin peripecia, no hay llegada sin partida y no existe hogar sin fatiga. Volviendo … que no es poco, de experiencias vitales. Como a mí me gusta.
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miércoles, 27 de enero de 2010

Retazos nocturnos nipones

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Alone in Kyoto




Sabía lo que me esperaba, me atuve a las consecuencias. Desde las entrañas de aquel atestado vagón de metro, resonaba en mi cabeza el dulce piano que habitaba en el recuerdo. No vacilé en buscarla en aquel prodigioso y diminuto aparato que reproduce música, y la encontré. Me detuve a comprobar que los primeros acordes empastaran con mis sensaciones y empecé a imaginar, a captar, a fotografiar. Saliendo de la estación me empezó a recubrir completamente la banda sonora particular. ¡Qué maravilla! La débil lluvia caía sobre mi cabeza, la mágica noche se apoderaba de la nubosidad variable y yo, solo en la ciudad. Diana claudicó con su pie roto a seguir sufriendo. Más solo que nunca, no paraba de mirar, de girar, de escuchar, de perderme en la luz hipnótica, de sentirme perdido, de sentirme vivo. El murmullo exterior penetraba a duras penas entre la emoción y el piano de “Alone in Kyoto”, como queriendo formar parte intrínseca del momento. No me llegué nunca a encontrar, dejé de buscar, me limité a observar, a no entender y a disfrutar.